Los que escribimos contamos historias, mejor dicho ponemos en palabras escritas historias que creemos relevantes. Esas historias pueden ser del pasado, del presente o de un futuro por venir. En los relatos podemos ser nosotros los protagonistas, podemos ser observadores o simplemente facilitadores de los acontecimientos que otros nos han contado.
El tono, el ritmo y el vocabulario que utilicemos tiene que ver con el tipo de hechos que se refieran. A raíz de esto, existen varios géneros de narrativos entre los cuales podemos mencionar caprichosamente: la comedia, el romance, el fantástico, el suspense, el policial y el terror.
Tengo la sensación de que independientemente del nivel educativo, intelectual y literario de cualquier sociedad, los cuentos de miedo son un clásico indiscutido.
¿Quién no recuerda haber estado en algún lugar en donde se contaba una historia que crispaba los nervios y aún así no pudo evitar oírla hasta el final? Y no sólo eso, sino que luego en su cabeza, en sus recuerdos la historia se repitió una y otra vez, inclusive se fue modificando a lo largo del tiempo.

Como me sucede con muchos otros temas, siempre tiendo a pensar que hay algo en nuestro ADN, en nuestro cuerpo, que recuerda cosas de la época de los hombres de las cavernas. Hay algo del instinto primitivo, que está muy próximo al instinto animal, que ha perdurado por miles de años y se mantiene intacto, aún cuando la humanidad ha evolucionado intelectualmente y se ha tecnificado.
En el tema que nos convoca en este artículo, no puedo dejar de visualizar las irregulares paredes de piedra y barro tiznadas de hollín de una gran cueva, en donde una luz naranja atenuada en momentos por un espeso humo, hace bambolear las figuras humanas negras, sombras de los presentes al rededor de la fogata. Noches en donde los más fuertes, que volvían de su arriesgada jornada de caza para traer algo de comida para el resto, aprovechaban para hablar. Ellos eran cronistas de lo sucedido durante el día. Algunos de los que salían no lograban regresar con vida, ya sea por un accidente o algún altercado desgraciado con alguna alimaña salvaje. Me imagino que dependiendo del carácter, personalidad e imaginación del relator, los cuentos eran más o menos moderados, más o menos fantásticos y más o menos atrapantes. Sin embargo, sea cual fuere la característica particular de la narración, infiero que su mensaje final era bien intencionado, era persuasivo, buscaba preservar a aquellos que aún no estaban listos para sobrevivir a la intemperie, incitaban a no abandonar la caverna. La búsqueda del miedo, del susto, de la impresión, era en el fondo una manera de protegerlos de los peligros de allá afuera.
Creo firmemente que esa idea se trasmitió de generación en generación, se fue actualizando, mezclando y evolucionando, adaptándose a los paisajes, a los accidentes de la naturaleza, al clima, a los animales salvajes, a las regiones del planeta y al avance de la «civilización». A través de las distintas épocas la prosa de los discursos fue amoldándose en géneros de fantasía, esoterismo, espiritismo, magia, ocultismo y todo tipo de cosas sobrenaturales que sólo un cerebro como el de los humanos se puede imaginar.
Me acuerdo ahora de una historia que me contó mi abuelo Agustín Rojas hace ya muchos años, tantos que ya no tengo noción de la edad que tenía yo. Recuerdo su tranquilidad de palabra, dando los espacios y los silencios justos, como para que la historia se vuelva tan vívida y quede bien almacenada en mis recuerdos. Lo titulé «Perro Negro» y dice así:
Esta historia tiene lugar en el típico escenario rural mendocino, comúnmente llamado finca.
Una particular característica del hombre de finca es la del uso racional de los recursos. Esta idea va acompañada de dos lineamientos fundamentales: la administración de la escasez y la íntima relación con la naturaleza. Dentro de estas habilidades, una de las más fascinantes, por lo menos para mí, es la de moverse en total oscuridad con la misma naturalidad con la que se mueve uno a plena luz del día. La idea de ir a las once de la noche hasta el fondo de la finca en plena oscuridad a buscar una pala olvidada o a soltar un animal atado puede parecer un perfecto argumento de una película de terror, pero para el hombre de finca es tan natural como lo es salir a estacionar el auto en el garaje, para un hombre de ciudad. Aunque esta habilidad podría juzgarse como innata del hombre de campo, nosotros en nuestra infancia hemos sido la clara prueba de que esta adaptación a la oscuridad es perfectamente aprendible. La mayor dificultad para practicarla, es el desafío que nuestra mente ofrece al darle vida objetos inanimados. Así en el escenario de nuestra imaginación podemos proyectar las horrendas leyendas de terror que cada uno puede conocer o inclusive inventar. Después de pasar unos 20 o 30 minutos en total ceguera en la oscuridad, de a poco comienza a distinguir formas y los colores. El paisaje se vuelve es tan rico como el diurno, al punto de llegar a identificar perfectamente las sombras que proyectan las cosas. En la intemperie, la variación de tonalidades se da en función la cantidad de luz ofrecida por la luna y las estrellas.
El episodio que me relató mi abuelo sucede de noche, pero es una de esas noches claras. Volvía a paso tranquilo y silencioso, realizando un trayecto rutinario entre dos casas en medio de la innumerable cantidad de fincas que se entremezclan para formar el tejido cuadriculado de campos productivos de Mendoza. Habían pasado ya un par de horas desde la medianoche, sus pasos precavidos se posaban sobre el suelo como con la intención de no perturbar la acostumbrada tranquilidad de la soledad. Luego de atravesar una alameda doble alineada desde su corazón con una acequia, entró en un cuadro de alfalfa, probablemente abandonado. Este tipo de terrenos suelen utilizarse entre etapas productivas para dejar pastar a los animales, que por la costumbre de seguirse unos a otros, suelen formar senderos bien pisoteados que dirigen a los bebedores, que en general son las orillas de las acequias. El hombre de campo que vive en armonía con la naturaleza suele aprovechar estos senderos para transitar con mayor seguridad de no arruinar algún cultivo o el hogar de algún animal. A plena luz de la noche estos senderos se convierten en verdaderos corredores y guías para transportarse. En general suelen tomar una tonalidad grisácea rozando con lo plateado. Así era el sendero que encontró para continuar con su camino. En la oscuridad todos los sentidos se agudizan, y uno ve con los ojos, la nariz, los oídos, las manos y los pies. Con la mirada puesta en el horizonte el hombre divisó a lo lejos una figura oscura que en un principio no logró distinguir con seguridad. Lo que se aproximaba poco a poco por el sendero parecía a veces un hombre y otras veces un perro. Acostumbrado el hombre a toparse con alguien a esa hora y en esas circunstancias, comenzó a conjeturar quién podría ser. Por la hora y la zona comenzó a pensar en los vecinos de la zona y, haciendo relaciones mentales, casi sin darse cuenta se olvidó del camino. Cuando quizo acordar, la figura corría en su dirección a gran velocidad y a escasos metros. Tanto es así que no tuvo tiempo de apartarse del camino e inevitablemente fue atropellado por aquella cosa. Entre la oscuridad, el polvo levantado y la sorpresa del golpe; sólo atinaba a cubrirse intentando separarse de la peluda bestia que gemía y gruñía sin darle oportunidad de apartarse. Una vez que se hayó en el lugar con su espalda apoyada en el suelo, recordó un cuchillo que llevaba en la cintura. Lo tanteo varias veces hasta que puedo encontrarlo. Lo empuñó firmemente y asestó un certero puntazo en lo que sería la espalda del atacante. Espero sentir en sus dedos el calor y la humedad de la sangre, pero no sucedió. Separó la mano y en vez de sangre vio cómo la filosa hoja de su cuchillo estaba doblada como si fuera de papel. Atónito por lo sucedido, solo atinó a llevar el cuchillo al suelo y pisar como pudo la hoja con la alpargata de yute para aplanar el filo.
Recompuesta el arma intentó lastimar a la bestia nuevamente pero fue en vano. Volvió a bajar el cuchillo torcido y cuando se disponía a pisarlo una vez más para enderezarlo, la bestia lo abandonó alejándose por el sendero. Se puso de pie como pudo, recuperó el aliento e intentó encontrarse las heridas de la lucha, al tiempo que su mente no salía del asombro y la incertidumbre sobre el suceso. Minutos mas tarde prosiguió camino y a llegar a su casa, se sintió invadido por un cansancio extremo. Se acostó en la cama y se durmió pensando en qué cosa le había sucedido.
Al día siguiente despertó y a la luz del día no se encontró un solo rasguño, sólo tierra y barro en sus ropas. Confundido entre si lo que había pasado sólo había sido un sueño, se levantó y caminó para salir de su casa y tomar aire. Al pié de la cama se tropezó con su cuchillo con la hoja totalmente ajada, torcida y maltratada.
Cuento del abuelo Agustín Rojas, reescrito por Lucas Rojas.
Recuerdo que mi abuelo al terminar la narración, dejó de hablar y se quedó pensativo. Yo intenté preguntarle más cosas pero él se negó a contestar y con un ademán me dio a entender que no quería profundizar.
En el siguiente video te cuento algunas cosas que considero no pueden faltar en una buena historia de miedo.
Finalmente me encartaría leer tu comentario respecto de lo que éste artículo te ha provocado, y ¿porqué no?, que me cuentes alguna historia tuya.

¿CÓMO ES QUE MI PAPÁ NUNCA NOS CONTÓ ESA HISTORIA DE TERROR?..LA DEBE HABER INVENTADO PARA VOS….JA,JA,JA,.
LEÉ LO QUE YO ESCRIBO, QUE E MÁS DIVERTIDO.