El miedo es un mecanismo ancestral de protección que en muchas ocasiones nos salva la vida. Tener miedo es una señal de que estamos evaluando los riesgos a la hora de actuar. Hay una dosis de miedo necesaria para desenvolvernos en la vida, sin embargo, si superamos un determinado límite, ese miedo nos puede paralizar. Lo más complejo creo que es identificar ese límite para jugar con él de manera sana y equilibrada.
Pero, ¿a qué le podemos temer? Algunas de las alternativas pueden ser: a escribir un libro, a morir, a no ser lo suficientemente buenos, a fracasar en el intento, a triunfar, a disfrutar de la vida, a dar a conocer nuestras ideas, a abrir el corazón, a ser traicionados nuevamente, a desilusionarnos, a no poder enmendar nuestros errores y a un largo listado de etcéteras.
Pero hay otro aspecto del miedo que puede ayudar a inspirar y alentar a quienes lo padecen, a que puedan enfrentarlo y con suerte superarlo. Las palabras tienen un poder enorme a la hora de comunicar ideas, de influir y de ayudar a los que lo necesitan.

Recuerdo que cuando mi hija tenía unos seis o siete años, me confió su miedo a la oscuridad y sobre todo a los inexplicables ruidos que escuchaba en horas de la noche. De haber podido estar a su lado, quizás con un abrazo y un beso habría sido suficiente compañía hasta que se durmiera. Sin embargo las circunstancias de la vida me lo impedían. Esa imposibilidad me obligó a escribir este cuento llamado «Ruidos en la noche»:
Esta es la historia que hoy les voy a contar. Es una historia de misterio y miedo, pero con un lindo final. La protagonista es una hermosa niña, Olivia se va a llamar.
Olivia como todos los niños de su edad, sentía miedo al irse a acostar. Escuchaba ruidos en la oscuridad. Pero ella era muy especial, a pesar de que a veces se asustaba el valor siempre la acompañaba. Era una niña valiente, que coraje en su corazón guardaba. Estaba convencida de que todas las cosas se pueden mejorar, si se hacen con alegría y bondad desinteresada.
Una tarde mientras en su habitación jugaba, la oscuridad del cielo vió por su ventana. Se dio cuenta de que ya era hora de ir a la cama! "Juego un ratito más" se dijo y luego sí: "¡Hasta mañana!".
Se entretuvo así con sus muñecas de porcelana y escuchó en el comedor algo que retumbaba. Era como un golpe, un tropezón o una zapatilla que golpeaba. Se sintió atemorizada, pero pensó: "¡Hasta cuándo voy a estar asustada! Tengo que averiguar de una buena vez qué es lo que allí pasa!". Buscó entre sus muñecos a la bebota preferida y le dijo confiada: “Vos venís conmigo que quiero estar acompañada”.
Caminó lentamente y sin hacer ruido. Hasta llegar al comedor fue por el pasillo. Sin prender ninguna luz, se escondió detrás de la puerta. Puso sus manos en las orejas y escuchó muy atenta. Lo que oía eran voces raras, como que discutían o se reían a carcajadas. Algunas eran graciosas y muy desafinadas. Habías otras serias que fuertemente roncas sonaban. Una decía: “Pero cállate vos! si todos te pasan por arriba y te dejan toda embarrada”. Otra contestaba: “Y vos que te agrandas si estas toda despintada”. Entre ellas se burlaban, y cada vez más sus voces alzaban. “Y vos no te hagas el canchero, parado todo el día sólo para sostener ese florero!”. “Hay chicos! Déjense de pavadas”, dijo una vos femenina. “Ya me tienen cansada, peleándose todas las noches por las mismas tonterías!”, con su voz muy refinada y sus patas elegantemente torneadas, con su corazón de cristalero y sus puertas bien lustradas.
La niña no entendía nada. ¿Quiénes eran los que hablaban? Se acercó un poco más a la puerta y continuó escuchando intrigada. Entre ellos se hacían chistes, y de algunos se burlaban, otros ya enojados se cansaban y callados se quedaban. Se decían cosas muy graciosas: “Vos estas todo el día colgado a la pared y nadie te dice nada. Y vos! a ver si comes un poco menos, que estas bastante pesada”, le decía el piso a la mesa mientras todo el tiempo la soportaba. “Tus cuatro grandiosas patas se me clavan en la espalda, y tus amigas las sillas todo el tiempo desparramadas!” Y así discutían entre todas las maderas de la casa. Hasta que en un momento, una tabla del piso estaba tan enojada que se quiso parar de golpe para que de ella no hablaran. Pero con tanta mala suerte que los pies de Olivia sobre ella descansaban, y la revoleó por el aire toda desparramada. Aterrizo la niña de trasero en medio de la sala, con su muñeca en las manos fuertemente abrazada.
En un instante un gran silencio reinaba, todos muy nerviosos entre ellos se miraban. Nadie sabía que hacer, era una situación extraña. La niña los miraba a todos y todos ellos dudaban, de si callar o seguir hablando y hacer como que acá no ha pasado nada. Y cuando la paciencia se agotaba, una pequeña mesita que la respiración se aguantaba, de golpe empezó a temblar y tiró una chocolatada. Hizo un tremendo ruido y después se puso colorada.
Eso fue tan gracioso que estallaron en una carcajada. Mientras todos se reían Olivia estaba muy tentada. Pero de golpe se dio cuenta, todas esas eran cosas muy raras. ¿Cómo era que los muebles hablaban, se decían cosas y gritaban? Entonces, otro miedo de apoderó de ella. Su cara empezó a cambiar poniéndose cada vez más seria y como con ganas de llorar.
En ese momento la madera del piso que era la más sabia de todas se dio cuenta que ella estaba a punto de gritar, y si lo hacía muy fuerte a sus padres iba a despertar. Apresurada le dijo: “Espera!, espera, espera niña! No te pongas a llorar. No tengas miedo, nosotras no te vamos a lastimar. Somos todas maderas buenas. Somos las maderas de tu hogar.” Entonces se calmó y mirando a todos pensó: “Esto sí que no me lo imaginaba”. Cuando pudo hablar les dijo: “Es que los ruidos me asustan, sobre todo en la oscuridad. ¿y ustedes porqué se mueven, están vivos de verdad?”.
Un mueble avergonzado, con sus manitos en la espalda, habló tímidamente mientras el suelo miraba: “Perdón si te asustamos, no es nuestra voluntad. Pasa que seguimos estando vivos hasta que terminemos de secar”. La niña preguntó extrañada: “¿Secar? Yo no veo el agua, ¿ustedes se acaban de bañar?”. Dejame que te explique le dijo otra madera: “Nosotros antes fuimos parte de un arbolito de por allá, que cortaron en pedacitos para las tablas fabricar. Y así fue que nacimos todas y aquí vinimos a parar. Mientras tanto nos movemos, nos queremos acomodar. Por eso es que a veces crujimos, crujimos en la oscuridad”. “Estar cómodos para el descanso es una cosa fundamental!” Dijo uno de los sillones: “Vos ¿no das vueltas en la cama? ¿a veces cuando te acostas? ¿no encontrás dura la almohada o las sábanas te quieres acomodar? ¿o no te morís de calor a veces y te quieres destapar? Bueno, a nosotros nos pasa más o menos lo mismo. Los humanos no pueden vernos mover, así que tenemos que actuar! Nos quedamos todo el día quietos como estátuas y a la noche nos queremos estirar”. “Imagínate estar parada todo el día con esta figura! Se me hinchan los pies”, dijo una mesa ratona y todos la quedaron mirando.
Como ya estaban en confianza la madera sabia volvió a hablar y mirando a la niña dijo: “Olivia, tu eres una niña valiente y de un corazón muy puro de verdad. Nosotros somos maderas buenas y nunca te vamos a lastimar. Puede que a veces se nos escape una astilla, pero es por un descuido nada más. Este será nuestro secreto y ahora vete a descansar. Nosotros trataremos de no hacer más ruido para no volverte a molestar”. Y a partir de ese día cada vez que Olivia escuchaba un ruido en la noche, ya no se asustaba, al contrario se sonreía pensando en sus amigas las maderas y el secreto que compartían.
FIN
Dedicado a mi valiente hija, escrito por Lucas Rojas.
Esto es sólo un ejemplo de cómo la escritura nos puede ayudar a mejorar la calidad de nuestra vida y la de los demás.
En el siguiente video hablamos algo más al respecto:
Estoy agradecido de haber descubierto esta herramienta y disfrutar de ella junto a mis seres queridos.

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