Desde hace ya un tiempo vengo reflexionando sobre esta frase, frase que quizás titule alguna vez a un libro mío. Hoy está muy de moda el término «ia» como acrónimo de Inteligencia Artificial, lo vemos y escuchamos en todos lados. Se ha vuelto un tema de mucha relevancia. Sin embargo no dejo de preguntarme: ¿qué es lo verdaderamente atractivo del asunto?

Sin profundizar demasiado en cuestiones técnicas ni tecnológicas, me animo a arriesgar que estamos los humanos en un proceso de fascinación por esta novedad que ofrece aparentes ventajas maravillosas de dudoso aporte a nuestra calidad de vida.
Menciono algunas al pasar a modo de ejemplo:
- «No hace falta que leas un libro, le pedís a la ia un resumen con los aspectos clave y en menos de 200 palabras y te lo da en 1 minuto!!» ¿Y el placer de leer, de reflexionar, de asimilar y digerir el mensaje? Fácil viene, fácil se va…
- «¿Querés escuchar un chamamé tocado por una banda de «heavy metal» con la voz de Plácido Domingo? Dame dos minutos que se lo pido a la ia.» ¿Cuál es el mérito y cuál la novedad? ¿Esa persona cree que ya es un productor musical o un músico?
- «Se le acabó el curro a los psicólogos, yo le pido a la ia que me diga la posta para manejar los problemas de pareja». ¿Y si se cortara la luz o perdieras la conexión a internet? ¿Desarrollaste las herramientas suficientes para interactuar con otros humanos? ¿Cómo sabe la ia que vos le estás diciendo la verdad? ¿No te parece que la ia es demasiado complaciente?
- «¡Que pérdida de tiempo! ¿Dos años te tomó escribir tu libro? Hoy le pedís a la ia que te hagan un cóctel de los temas que te interesan, que le imprima un ritmo de thriller y que lo oriente al mercado latinoamericano, y ¡BUM!… ya tenés el libro». ¿Y dónde queda tu satisfacción como escritor, en qué se basa tu dignidad, o qué justifica tu existencia?
Estas son algunas de las situaciones que oigo a diario y que me disparan millones de preguntas como las que escribí arriba.
Sinceramente no me convence. Hay algo de la humanidad nuestra que me resisto a perder o, al menos, a delegar a las computadoras.
Hay un cuento titulado «La máquina inteligente» que escribí hace un tiempo y que en parte invita a reflexionar al respecto:
Recuerdo que de niño vivía en un pueblo mendocino llamado General Alvear. Allí la vida era tranquila, apacible y esperable. Sucedían pocas cosas notables, y esos pocos eventos sobresalientes solían repetirse periódicamente año tras año.
Uno de ellos era “La fiesta provincial de ganadería y el ternero mendocino”. Era un evento importante que se llevaba a cabo al comienzo del invierno. Todo el pueblo lo esperaba y todo el pueblo acudía al lugar para no quedarse afuera de las conversaciones que se sucedían luego.
Se daba en ese escenario algo curioso. La gente del pueblo se vestía y se preparaba para la ocasión como si fuera un evento de gala. Las mejores ropas y zapatos, los mejores peinados, la mejor estrategia para mostrar el estatus de las distintas clases pueblerinas. Eso si, era plural, allí te encontrabas a los más ricos y a los más pobres, todos compartiendo las instalaciones porque era de entrada libre y gratuita. La diferencia se marcaba en las cosas a las que cada cual podía acceder.
La feria arrancaba temprano por la mañana con las actividades relacionadas a la ganadería. Al mejor estilo de las ferias en las asociaciones rurales, se mostraba y comercializaba ganado. Habían en esos lugares corrales con vacas, terneros, caballos y toros. También uno encontraba allí peones de estancias, con sus mejores vestimentas para la ocasión, sus perros y su postura enigmática de ser bichos solitarios traídos por unos días a la multitud de los poblados. Yo solía mirarlos con su estética particular, sus lazos de tientos manoseados y sus manos ajadas armando cigarros. Estaban en su metié, cuidando y preparando a los asustados animales. Cuando uno se acercaba te protegían de algún mal rato con gestos y sonidos hoscos, que a pesar de su aparente rudeza mostraban cierto grado de bondad de su parte.
Luego de visitar los corrales con sus aromas a guano fresco y el frío húmedo que iba poco a poco colonizando el cuerpo, uno encontraba un refugio en los galpones contiguos en donde había exposición. Allí los comercios de la ciudad tenía pequeños espacios de promoción de sus productos: estaban las veterinarias, las ferreterías, los corralones, las concesionarias de maquinarias y automotores, la instituciones del pueblo y hasta algún que otro club o iglesia. En cada uno de ellos, uno podía espiar un poco de lo que allí había, aunque en general los expositores no le prestaban atención a los niños que por allí andábamos, curiosos pero inexperimentados. Cuando ya se completaba la segunda vuelta a ese predio y ya se habían intentado fallidamente las hazañas comunes, como por ejemplo subirse a algún tractor exhibido, permanecer en ese lugar ya no tenía sentido.
Según la hora, y las ganas uno podía abandonar el lugar para volver a su casa o permanecer allí hasta la media tarde, en donde se iluminaba otro sector de la feria. Ese sector era uno de mis preferidos, allí se improvisaban “puestitos” con toda clase de ofertas. Estaban separados uno del otro con precarias lonas o caballetes. En conjunto conformaban pasillos de un novedoso laberinto que era imperdible. En ellos se podía encontrar comida fresca y casera, comida en conserva, panes y tortas, artesanos locales, pintores, gente que tejía ropas, puestos de venta de especias y otros que al mejor estilo kermés ofrecían juegos de destreza, en los cuales por ejemplo, si bajabas tres patitos arrojando una pelota de tenis, te ganabas una lata de puré de tomates o una de duraznos en almíbar. Pero de todas esas “tienditas” había un conjunto de ellas que destacaban por ser forasteras. Allí habían algunas que vendía remeras de bandas de rock, anteojos, calcomanías, parches temáticos para coser a las ropas, y las que solía revisar por horas eran las que vendían colgantes. Los colgantes eran una especie de collar largo de cuyo cordón plástico negro pendía una pieza de una aleación de metal con todo tipo de formas. Las que más me atraían eran las relacionadas a bandas de rock. Allí tuve que elegir muy bien si invertía tres pesos en un crucifijo de los Guns N’ Roses o si me compraba una chapita al estilo militar con la inscripción de mi nombre realizada en el acto. Elegí el crucifijo, que se me partió cuatro días después cuando se cayó de mi mesa de luz. Eran cosas de muy mala calidad, baratijas con las que los pueblerinos nos encandilábamos.
En ese recorrido popular de las tienditas, había mucha gente que se movía perezosamente entre ellas, un poco porque cada uno trataba de mirar todo lo que había en ellas y otro poco porque había que sacarle el jugo al paseo y darle velocidad al recorrido nos devolvía a muchos a nuestra habitual rutina que obviamente era menos entretenida. En esa marea de gente iba yo cuando divisé a lo lejos una larga fila de personas frente a un cartel que rezaba: “La máquina inteligente, adivina tu suerte”. Como no podía ser de otra manera, me estacioné en esa fila con la inocente curiosidad de niño y la pretenciosa idea de parecer poco sorprendido por esa novedad. Disimuladamente trataba de ver a las personas que iban ingresando en una tienda improvisada por sábanas sujetadas por broches de ropa a un tinglado formado por cuatro postes unidos por alambre de enfardar. Debajo del cartel había un señor que iba tomando con una mano los billetes de dos pesos que costaba la entrada y colocándolos ágilmente entre los dedos de la otra mano en la cual se formaba una especie de abanico de desgastados y sucios morlacos. Con un escarbadientes temerariamente a punto de caer desde sus labios, autorizaba el paso de los visitantes marcando el ritmo de avance de la fila, al tiempo que coordinaba visualmente mediante gestos con la gente del interior si la cosa iba avanzando bien o no. Yo esperaba en la fila, y buscaba con desesperación los ojos de los que salían para obtener algo de información. Un poco por miedo y otro poco por ansiedad, esperaba una señal de alguno de ellos, para saber si iba a invertir bien mis últimos dos pesos o si estaba a punto de dilapidarlos en algo que hasta me parecía prohibido para mi edad. Los que salían del toldo, lo hacían con la cabeza en alto, con esa miserable aspiración de superioridad que reina en algunos pueblos, en donde algunas personas buscan ser “importantes” o “distinguidas”. Obviamente, poder hablar de lo que había en el interior de esa tienda, iba a ser un tema de conversación que les podía otorgar cierta autoridad o prestigio en alguna charla de siesta luego de barrer alguna vereda, o en la cola del banco cuando fueran a pagar los impuestos, o en la peluquería del barrio.
Finalmente el avanzar de la fila me puso frente a ese hombre, que miraba con aires misterioso a todos lados y esbozaba una sonrisa cada tanto. Una sonrisa de aprobación, de satisfacción o simplemente de especulación. Al salir dos señoras muy contentas, la mano del hombre me empujó diligentemente hacia el interior. Allí había una computadora con una pantalla parecida a la de un televisor pero de sólo dos colores. Fondo negro y letras verdes.
Alcancé a leer: “Tu verdad está a punto de ser develada…”. Mientras intentaba comprender que significaba la palabra “develada”, un muchachito que se hallaba sentado a un costado me pidió con una voz mecánica y monótona: “¿Fecha de Nacimiento?”. Sorprendido no lograba decirla, ni recordarla con claridad. Creo que era la primera vez que oía esa frase. Miré hacia atrás y el tipo de la fila me miraba serio y con un ademán de su pera me indicó que mirara al muchacho. Éste, que parecía ya haber agotado toda su paciencia, me dijo:”¿Cuándo cumplís años?”. Ahí entendí y dije: “23 de Diciembre”. El escribió en la pantalla 23/12/_, y luego mirándome nuevamente me dijo “¿Año?” y ante mi tardanza, escribió 23/12/1980 y luego pulso una tecla. En ese instante me di cuenta de que debía haber dicho 1978, pero ya era tarde. La máquina misteriosa había escupido en la pantalla mi verdad. Leí entonces: “Hola, tu signo es Capricornio. Vienen buenos tiempos para ganar dinero. Pero cuidado en el amor, ser prudente, alguien te ama a escondidas. Cuida tu salud, puede ser que tengas algún problema estomacal. Éste va a ser definitivamente tu año”. Con un chasquido de dedos, el muchachito que comandaba el artefacto, me sacó de la lectura y me despachó rápidamente hacia afuera, para dar paso al siguiente.
Yo no entendía nada, no sabía del zodíaco, no entendía nada de la vida y tampoco sabía nada de computadoras. Gasté mis últimos dos pesos en algo de lo cual no estaba orgulloso y tampoco me servía ni para alardear.
Muchos años mas tarde, cuando comencé a estudiar informática entendí el vil engaño. Esa máquina no era ni sabia, ni inteligente. Era simplemente una base de datos que vinculaba textos de un horóscopo sacado de un periódico, a rangos de fechas. Su única novedad era que lo mostraba en esas “modernas” letras verdes sobre el fondo negro.
Me pregunto si allí nació o si esa fue la semilla del Chat GPT.
En el siguiente video hablo un poco más de esto, espero que lo disfruten.
Y si algo de esto te pareció interesante me encantaría que me lo comentes abajo.
Gracias por leerme y compartir este artículo.

Sé el primero en comentar