Revisando un baúl de escritos advertí que cada cierto tiempo aparece una carta escrita por mí. Unas dirigidas a otras personas y otras a mí mismo. Recuerdo haber enviado algunas, y otras quedaron a medias en el camino. Esas cartas me salvaron, me ayudaron, me curaron.
Con los avances tecnológicos, que a su paso acelerado nos empujan a vivir y actuar a un ritmo antinatural, la cadencia de nuestras conversaciones es cada vez más vertiginosa. Ante esta situación suelen abundar dos maneras de comunicarnos: o es una catarata indigerible de palabras, o es una economía casi críptica de términos. En ambos casos la calidad de las conversaciones se vuelve dudosa e incierta.
En algún lugar leí o escuché a alguien decir (perdón por la escuálida rigurosidad técnica y la falta de evidencia científica), que la distancia que hay entre el cerebro y el mecanismo de comunicación que usemos, es proporcional al tiempo del que disponemos para pensar sobre lo que vamos a comunicar. En este sentido, como la boca y el oído están muy cerca del cerebro, escuchamos y hablamos a una velocidad muy alta, tan alta que rara vez tenemos la oportunidad de reflexionar entre lo que oímos y lo que respondemos, entre lo que decimos y lo que nos responden. Además en este tipo de comunicación los interlocutores necesariamente se deben encontrar en vivo, es decir participar del intercambio en forma simultánea. En ese sentido, y más en la cultura digital globalizada en la que vivimos, conversar verbalmente se vuelve una experiencia cada vez más frenética.
Si pensamos en la comunicación escrita, las manos para tomar el lápiz o usar el teclado están alejadas del cerebro, por lo tanto lo que escribimos va por una vía necesariamente más lenta, que involucra asociar las ideas a las palabras, luego buscar que las palabras tengan un sentido en un párrafo u oración, y finalmente trasladar esas ideas mentales a movimientos mecánicos en las manos. A su vez, para leer usamos los ojos que están próximos al cerebro, sin embargo hay un trabajo extra de traducir las letras escritas en ideas con significado. Por lo tanto la comunicación escrita y leída necesariamente nos lleva a un terreno más tranquilo. Así mismo es una comunicación asincrónica, es decir que los interlocutores no están hablando al mismo tiempo, por lo tanto nadie está apurado por temor a ser interrumpido y los temas desarrollados se logran explayar con mayor control y calma.

La actividad de escribir una carta, en el imaginario colectivo, puede describirse como poner papel y lápiz al servicio del recuerdo, la recapitulación, el pensamiento y la expresión de ideas relacionadas a un tema, con el objetivo de comunicar un mensaje a alguien. En el ritual del intercambio epistolar existen necesariamente tres cosas: una distancia física con el destinatario, una paciencia algo desarrollada y una dosis de fe en el proceso de entrega de la misiva. Esta forma de comunicación, que muy probablemente es poco utilizada en el mundo de hoy, nos regalaba valiosísimos espacios de tiempo en los que sólo podíamos esperar por la respuesta. De esta manera la velocidad de nuestra comunicación era menor y por lo tanto, disponíamos de más tiempo para nosotros, para reflexionar, para madurar las ideas y para valorar las palabras del otro.
Todo el mecanismo del correo postal que estaba montado sobre las oficinas de correo, los carteros, las estampillas, los códigos postales, los sobres, las hojas y la caligrafía de puño y letra; fueron a lo largo de los años perdiendo su esplendor para ser reemplazados por artefactos de la tecnología. Primero el correo electrónico, luego para ganar inmediatez surgieron los SMS (acrónimo del ingles de sistema de mensajes cortos), luego llegaron los mensajes WhatsApp que sumaba la posibilidad de compartir imágenes. Finalmente en la actualidad lo que predominan son los mensajes de audio, que son un híbrido entre el escribir y el decir, entre el leer y escuchar. Si bien son una manera de «escribirnos» cartas, su inmediatez nos obliga a pagar el precio de lo efímero.
Anteriormente mencioné que las cartas me curaron, me salvaron, me aliviaron. Esto tiene que ver con la escritura terapéutica. En ocasiones tenemos necesariamente que enfrentar situaciones difíciles, personas difíciles y temas complicados. Lograr comunicar lo que queremos en esos momentos y en determinadas circunstancias puede ser algo muy difícil de realizar. Esto me recuerda un cuento que escribí titulado «Leche hervida» y dice así:
Debe estar por llegar Marcelo. Ayer se juntaba con Victoria, su ex, para tener esa postergada conversación, una charla que lo ayude a desarmar el nudo principal de la madeja de su historia, su gran impedimento para seguir adelante con su vida. La manera abrupta en la que finalizaron su relación nunca fue lo suficientemente aclarada, estuvo en su momento teñida de mucha exasperación y bronca; y luego con el paso del tiempo se transformó en una triste melancolía, en un lastre para el amor. Mientras acomodo el almohadón del diván repaso visualmente el consultorio para cerciorarme de que está todo en orden, y también, repaso mentalmente el trabajo que venimos haciendo con Marcelo desde hace dos años. Ha sido difícil llegar a este punto de la terapia. Ahora entiendo, con un dejo de simpatía, a ese prestigioso profesor de la universidad que nos hablaba de atravesar el muro que nos separa de la verdad oculta en la mente de los pacientes. Suena el timbre, debe ser él.
El frío del invierno me golpea la cara al abrir la puerta. Me encuentro a un Marcelo cabizbajo, semi oculto detrás de una bufanda. Trato de pensar que la poca efusividad del saludo se debe al entumecimiento de su cuerpo, como no queriendo contemplar la posibilidad de que todo haya salido mal. Sigo los pasos de Marcelo por el pasillo que conduce al consultorio, mientras miro en las paredes algunos de los muchos diplomas que he ido colgando a lo largo de los años. Hay un temor que se asoma en mi mente, hay algo que me despierta la voz del síndrome de impostor. Me dedico a ayudar a la gente y cuando veo que no puedo, me siento un fracasado. Me fuerzo a salir de esos pensamientos egocéntricos, apelando al profesionalismo que me obliga a preocuparme ahora del problema de mi paciente.
Le pregunto a Marcelo cómo se siente y él displicente, mientras se desenrosca de su abrigo, me responde que muy mal. Un prolongado silencio nos da tiempo a ingresar al terreno de la consulta. Inicio con la pregunta de si finalmente ayer se pudo reunir con Victoria. El asiente moviendo su cabeza con la mirada perdida en dirección al suelo. Lo invito a que me cuente lo más detalladamente posible el encuentro, para tratar de encontrar detalles que me ayuden a apuntalar los cimientos de una posible estrategia de recuperación. El suspira y comienza a hablar.
“Ayer estuve muy tranquilo durante la mañana. Me organicé con mi trabajo y me aseguré de que Victoria confirmara nuestra cita para almorzar en el restaurant en el que nos conocimos. Quizás debería haber buscado otro sitio, pero había algo de la mística de nuestras primeras épocas de relación que sobrevolaba mi cabeza, una ilusión de volver el tiempo atrás. En fin, cuando me dirigía al lugar, aproveché lo lento del tráfico para ir repasando los temas principales sobre los que le quería hablar. Dentro de mi cabeza, fui organizando calmadamente las ideas como si fueran un grupo de alumnos en la formación matinal de la escuela. Una a una, las agrupé, las ordené por prioridad en filas equidistantes y prolijamente alineadas en ángulos rectos. Sonreí, porque sentía que por primera vez en mucho tiempo sabía lo que iba a decir, porqué lo iba a decir y cuál era el resultado que pretendía obtener. Me sentía un hombre nuevo, con una nueva oportunidad y hasta fantaseaba con que saliéramos de esa reunión nuevamente enamorados.
Llegué temprano y elegí una mesa junto al ventanal del frente. Mientras veía la gente pasar, mi corazón se endulzó al pensar en ese provechoso futuro por venir. Mi vista se distrajo con una parejita que venía de la mano, amortiguando sus aletargados pasos en la suavidad del amor. Detrás de ellos, un auto se detuvo y ví el hermoso rostro de Victoria que miraba extrañada el frente del restaurant. No me vió, pero yo sí a ella y me desagradó la manera en que se despidió de la persona que manejaba el auto. Cuando la puerta del local se abrió yo me levanté de la silla con la intención de caminar hacia ella para darle la bienvenida, pero la manera en la que ella me miró me hizo detenerme en seco. Sólo atiné a levantar mi mano para indicarle que allí estaba. Ella ya me había visto. Había en su mirada algo de incomodidad y desprecio. Traté de no darle mucha importancia a eso y comencé a desplegar mi discurso alistando a mis ideas perfectamente formadas para que en unos instantes comenzaran a salir de mi boca. Ella me miraba sin mirarme, sus ojos apuntaban al vacío y sus manos no dejaban de jugar con el celular que tenía en su mano. Yo luchaba por controlar la reacción de impotencia que me provocaba verla desinteresada en lo que yo tenía para decirle. Su displicencia era tal que poco a poco comencé a visualizar que la galería de mis ideas, comenzaba a transformarse en un mojado terreno resbaladizo. La atmósfera se iba llenando de una espesa y calurosa niebla, las paredes bamboleaban y los pisos temblaban. Mis ideas asustadas comenzaban a mirarse de reojo y se apoyaban unas con otras para evitar caerse.
Las filas iban perdiendo su compostura y con pavor, ví como ellas comenzaban a buscar vías de escape, a dispersarse y alejarse de su trayectoria inicial. Afuera de mi cabeza, Victoria alternaba su mirada entre el celular apagado y los otros comensales del lugar. Una furia caldeada de emociones reprimidas y recuerdos de antaño, subió abruptamente desde mi estómago a mi cabeza, irrumpiendo en la escena de la galería, empujando, maldiciendo y dispersando a golpes a mis pobres ideas. Algunas de ellas corrieron hacia afuera, salieron entrecortadas, magulladas y con gritos desgarradores de una incomprensión desesperada. Sentía todo el cuerpo crispado por ese terremoto interno y mis ojos se desbordaron de espesas lágrimas de dolor, impotencia y resignación. Ella me pidió que me calme. ¿Calmarme? ¿Cómo me voy a calmar frente a una persona que viendo mi esfuerzo para abrir mi corazón, con la voluntad de sanar heridas, me mira como diciendo que ya está todo perdido? La miré con furia, apretando los puños a imagen y semejanza de mi estómago, que ardía con el fuego de la ira. Vi todo rojo por los cristales empañados de mis ojos. Vi el viejo departamento de la calle Libertad, sentí el olor de la leche quemada sobre la hornalla y los vi a los dos revolcándose en la cama. Sentí asco. “¿Porqué tenía que ser él?”, le pregunté. Él, mi mejor amigo. Porque seguro lo volvió a ver. De todos los tipos del mundo lo buscó a él. Es obvio que quería dañarme. “¡Lo único que vine a buscar acá es que me pidas perdón!”, le dije. Ella, que me miraba con ternura, cambió de inmediato la facción buscando disimular el aprieto en el que estaba. Hizo un ademán de pararse y miró, primero a la puerta de salida, y después al techo como recordando algo, resopló y volvió a sentarse mientras me decía: “¿Pedirte perdón yo? ¡Yo fui la que llegó a nuestro departamento, yo fui la que encontró la leche hervida en la cocina, fui yo la que te busco en la habitación, y yo quien te encontró en nuestra cama con tu mejor amigo! Mira Marcelo, no sé ni para qué acepté venir…” Luego ella, mirándome fijo dejó caer un par de lágrimas por sus mejillas, se paró muy sigilosamente y se fue sin mirar atrás“.
Marcelo se quedó unos minutos en silencio y luego me miró buscando mi opinión, o mi complicidad quizás. Había sin embargo, en su relato, algo que yo no entendía y entonces le pregunté: “Si te escuché bien, ella dice que vos estabas con tu amigo. Pero desde que nos conocemos, cuando empezamos a hablar de este tema vos me dijiste que ella te había engañado con tu mejor amigo”. Él volvió como de un rapto de recuerdos incómodos y me miró firmemente a los ojos. Yo estaba algo desconcertado y él visiblemente molesto, como si se hubiera traicionado así mismo. Se paró y dijo las últimas palabras que le oí decir: “No la perdonaré hasta que ella no me perdone a mí”. Salió atolondrado del consultorio sin hacer caso a mis palabras. Lo vi perderse por la acera, entré, cerré la puerta y desandé el pasillo hacia el consultorio. En el camino me detuve frente a mi diploma universitario prolijamente enmarcado y lo descolgué de la pared.
Escrito por Lucas Rojas
Sin embargo, también hay situaciones más felices, en las que una carta puede ser muy bienvenida y agradecida. Hace unos días le escribí a unos amigos. Una carta puede ser una bella forma de «estar al día» con los afectos, y no dejar por sobreentendido nuestros sentimientos:

Si te interesa escuchar algo más sobre escritura terapéutica, te invito a ver el siguiente video:
Espero que lo disfruten y gracias por compartirlo.

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