Saltar al contenido

El libro se abre como una ventana

Nuestra vida es como una casa. Por dentro está decorada y amueblada de nuestras vivencias, nuestros sentimientos, nuestros recuerdos, nuestros deseos y nuestras relaciones. La casa tiene muchas habitaciones, algunas son las más usadas y otras están totalmente olvidadas. Dentro de casa estamos protegidos, andamos en pijama, relajados y tranquilos. Nos decimos que éste es nuestro mundo, un mundo totalmente conocido. Sin embargo en la medida en que crecemos, en que avanza el tiempo, pasamos frente a alguna ventana y vemos lo que hay afuera. A veces nos agrada el panorama y a veces vemos que la tormenta se avecina. Los más osados buscan las formas para salir al mundo de afuera, y otros desean que nadie venga a golpear la puerta.

Estoy convencido de que pasar la vida encerrados no tiene mucho sentido, como así tampoco lo tiene el estar mirando hacia afuera todo el día, soñando con otra vida, quizás la vida del vecino. Lo ideal podría ser un punto medio, entre salir cada mañana a la aventura desconocida y volver cada tarde a la seguridad del hogar. Tener una linda conversación de sobremesa y dejar la noche para asimilar, recapitular las vivencias del día, las caras conocidas, los errores cometidos y cultivar la posibilidad de enmendarlos otro día.

¿Pero cómo hacemos para salir, para hallar esa puerta o ventana? Soy consciente de que hay mil maneras, pero entre ellas hay una que aprecio con especial afecto: «La lectura». Un poema, una historia o un libro, puede guiarnos a encontrar la salida. Un libro te permite mirar para afuera, afuera de tu vida, de tu cultura, de tu tiempo y de tu ombligo.

Te comparto este cuento llamado «La casa cerrada»:

La oscuridad, la quietud y el silencio son aquí absolutos, vacíos e interminables. Este escenario es difícil de imaginar, podría decirse que este es un lugar en el que nada ni nadie existe. Abro repentinamente los ojos y aspiro con desesperación, intentando dar con un aire que parece no llegar. Como un ahogado que reacciona luego de las maniobras que con esfuerzo ha realizado el rescatista, trato de aferrarme a la vida, ahora con la vista y no veo nada, ahora con las manos y las tengo inmovilizadas, ahora con el pensamiento y no encuentro nada. Estoy jadeando. Siento tumultuosas corridas por mis venas, mi cuello y mi cabeza. No sé dónde estoy, tal es mi desconcierto que no sé si realmente estoy.  Pasan los minutos y nada cambia. Mi conciencia deambula en una nebulosa oscura, entre soñar y estar despierto. Me cuesta saber cuál es cuál. Está todo tan oscuro que casi no puedo ver mis propios recuerdos. La situación es tan angustiante que ni mi cuerpo, si es que tengo un cuerpo, obedece a mi voluntad de movimiento. ¿Qué me pasó? ¿Qué es este lugar? Intento agudizar mi oído y no escucho nada. Grito, o al menos eso intento, y el sonido de mi boca reseca se entrecorta, liberando un sollozo mal herido que se pierde a penas a un par de metros de mí. Vuelvo a escuchar con atención… ni eco, ni ruido, ni contestación. Estoy solo, tan solo que no sé si realmente estoy. Caigo en un sueño vacío, incoloro y olvidable. Todo se vuelve nuevamente oscuro, estático y mudo por un tiempo indeterminado .

Me despierto con el mismo panorama, lo sé, y aunque no veo nada, no oigo nada; esta vez es algo distinto. Siento dolor, mucho dolor en todo mi cuerpo. Siento como si tropillas de caballos hubieran pasado sobre mi osamenta en un huir desesperado. Estoy boca arriba sobre un suelo frío. Giro sobre mis espaldas y logro apoyar mis manos al suelo. Percibo, al ejercer presión sobre las mismas para incorporarme,  un cemento sucio, húmedo y mal oliente. Siento que mi cuerpo pesa toneladas y con mucho esfuerzo me pongo primero en cuclillas, y luego libro una pequeña batalla para ponerme de pie. Un mareo repentino me gana la pulseada y otra vez abajo, a la seguridad de las rodillas aterrizadas en el suelo. Tomo un poco del espeso aire del lugar y busco a tientas algo en que afirmarme. Encuentro a mi derecha, una superficie accidentada. Parece una pared sin revocar. Con las yemas de mis dedos siento los ladrillos carcomidos y entre ellos la irregularidad de una mezcla que los amalgama. ¡Esto es una pared! pienso, estoy dentro de una casa o un edificio. Asoma entonces, en mi consciencia, un destello de esperanza. Tomo un sorbo de aire, todo lo profundo que me permite el dolor y lanzo un grito de auxilio. Ahora sí escucho un eco, que va y viene rebotando, que va recorriendo superficies, visitando recovecos y que finalmente se pierde en el infinito. Estoy solo en este agujero y no se cómo, cuándo ni dónde ubicarme. ¿Será esto real o estaré soñando? Regreso de esos desvaríos con la inercia de una idea que tiene sentido: “comenzar a caminar”. Voy despacio, analizado y calculando cada paso que doy hacia el inescrutable vacío. Mi mano derecha no abandona por nada la seguridad de la pared.

Ando por horas, días, meses o tal vez años; sin llegar a ningún lugar. Me pregunto si estoy en una habitación gigantesca, en un corredor interminable o más bien en un laberinto maldito. No he hallado nada en el camino, ni muebles, ni escaleras, ni puertas ni nada que me ayude a conservar la cordura. ¡Acá no entra nada, ni nadie! No hay luz, no hay sol, y casi no hay aire. Parece una cripta sellada. Estoy en un problema, más bien más de un problema. No sé porqué estoy acá, ni qué me trajo acá, y tampoco cómo logré entrar. Mi mente comienza a hablarme y  creo que estoy volviéndome loco, tan loco que la idea de dejar de buscar la salida comienza a ser atractiva. Pienso en otras personas, en alguien que me pueda rescatar, sin embargo haciendo memoria no imagino a nadie con la intensión de hacerlo.  Agotado y abatido, caigo al suelo llorando,  resignado y con una respiración entrecortada, vuelvo a caer dormido.  Y esta vez sueño con ganas, y el sueño es un poco más nítido, ayudado quizás por las ganas con las que soñamos nuestros deseos, y ahora sueño con algo específico y la imagen se vuelve cada vez más clara. Esta vez sueño con encontrar una ventana.

Escrito por Lucas Rojas

Mi vida fue en algún punto esa casa y su aire contenido. Como toda casa, necesita su limpieza, sus ambientes ventilados y cada tanto para no aburrirnos, reacomodar su decorado. Cuando nos encerramos en nuestro entorno, nuestras ideas, nuestros amigos y familiares, poco a poco comenzamos a olvidarnos de que afuera de la casa existe otro mundo, mucho más basto y mucho más rico. Cuando una casa pasa mucho tiempo cerrada, su aire se envicia, poco a poco afloran los olores del deterioro, todo se tapa de polvo y en ocasiones la humedad ataca crudamente las paredes. Pero este panorama marchito puede revertirse fácilmente, alcanza con abrir diariamente las puertas y ventanas para dejar entrar la luz y el aire fresco traído por la brisa de la mañana. Cada suceso de nuestro día a día, cada dificultad, cada acontecimiento y cada encuentro con otro ser humano puede ser un sol o una bocanada de aire fresco para nosotros y para nuestra vida. No deberíamos perdernos la oportunidad de permitirles  visitar nuestra  casa, renovar nuestro entorno.

En el siguiente video podes ver y escuchar algo más en este sentido.

Espero que lo disfruten.

Publicado enCuentos

2 comentarios

  1. Romina Lecito

    Hola Lucas, en primer lugar quiero agradecerte por compartir esta ventana tan especial para vos y tener la intuición de que sin duda es algo que me gusta escuchar y leer.
    Cuando se abren esas ventanas son como nuevas vidas, más que una sola como si fuera una ramificación hermosa, que se siente como una pulsión.
    Te deseo lo mejor en este camino de autoconocimiento y comunicacion a través de este medio y libros. Estoy atenta a los correos que compartas.
    Te mando saludos y sigo leyendo…

  2. Lucas Rojas

    Muchas gracias Romina por comentar. Es valiosísimo tu aporte y palabras para que de este lado yo siga trabajando, escribiendo y publicando. Saludos

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

© Lucas Rojas Escritor - 2024 - Todos los derechos reservados.