Saltar al contenido

Me quedo en blanco

Este es el primer artículo del blog. Hace días que vengo pensando en escribirlo, pero de alguna manera no logro decidirme sobre el tema que debo tratar.

Hay una fecha que se aproxima, y es la fecha en la que publicaré mi primer libro. Ese evento me pone presión sobre comenzar a escribir en este lugar. Es increíble el vértigo que se siente cuando los sueños comienzan a hacerse realidad.

Perdido en estas cavilaciones me voy dando cuenta de que estoy parado en el límite de un nuevo abismo. Debo ejecutar lo inexorable: «Atreverme a mostrar lo que soy en esta faceta de escritor». Me veo expuesto, me descubro vulnerable y aunque todo eso tienda a paralizarme, siento que no puedo evitar hacerlo.

En mi escritorio, tomo la decisión de escribir algo, y pasan los minutos y … no pasa nada.

Casi a punto de darme por vencido, como ya me estuvo pasando en los días previos, persigo furtivamente esas ideas que sé que andan por ahí escondidas, hasta que aparece: «Me quedo en blanco».

En la sala de maquillajes improvisada, escucho el bullicio que proviene del salón de audiencias. Han sido muchos días de campaña, de presentaciones, de viajes, de giras y de reuniones. En el último día del itinerario, estoy en mi ciudad, la ciudad en la que vivo y la misma que me vió nacer.
En unos minutos, daré uno de los pasos más importantes de mi carrera. Lo que diré será, aunque ahora no logre visualizarlo, algo que definitivamente marcará un antes y un después en mi historia personal. Tengo muy claro el porqué de estas palabras, las vengo repasando desde hace mucho tiempo en mi cabeza. Las diré con firmeza y determinación, como blandiendo una espada filosa. Serán una señal de poder. Una revancha que tomaré con esas personas, sí…, esas personas que saben de mis orígenes. Aquellos que quisieron hacerme creer que yo no era valioso, aunque sé que por dentro, en su intimidad sospechaban que yo tenía este potencial, y como suele suceder con ese tipo de energúmenos, se encargaron una y otra vez de decirme que ni lo intentara. Su táctica fue siempre la misma: socavar los cimientos de mi autoestima con algún chiste, con algún comentario en apariencia inocente. Prefirieron hacer eso, tomárselas conmigo, antes que aceptar su propia incapacidad de hacer algo importante o trascendente por motus propio.
Hay algunos de ellos en la sala contigua, como también los hay a lo largo de la vida. Es curioso observar, que en los momentos en donde uno tiene la posibilidad de progresar, de crecer, de evolucionar; alguna de las personas que nos rodean pueden tener una mezquindad imposible de ocultar que los empuja a nivelar para abajo, a utilizar distintas estrategias para lograr que no te alejes de ese lugar. Extrañamente en su lógica, en vez de intentar crecer para acompañar el movimiento, su objetivo es inmovilizar a los inquietos, podar la rama torcida, rechazar lo desconocido.


Sin embargo, también están los otros, los que me alientan, los que se alegran genuinamente por lo que me pasa, los que siempre me apoyaron aún cuando conociéndome de toda la vida, sabían que yo iba a sufrir con la exposición pública, y sin embargo me acompañaron hasta donde hoy he llegado.
No puedo defraudarlos. ¿Cómo no honrar ese afecto desinteresado? Lo que haré, lo haré por mis padres, por mis hijos, por mis amigos, por mis hermanos y por todos esos que no tienen voz ni voto.
Me miro al espejo con firmeza y mis ojos se tornan esquivos. «¡Basta!», me digo a mí mismo. “¡Mirá hasta dónde has llegado, no podés flaquear ahora!”. A tientas busco el reloj con los dedos de mi mano derecha, veo la hora que es, aún fastidiado por la debilidad que hace unos instantes me devolvió mi reflejo. Vuelvo a mirar el espejo y ensayo la mirada, esta vez, intensa, firme y confiada. Me gusta, aunque me resulta forzada, impostada. «¿Impostor dijiste?….¡No!, impostada». Por dentro me recorre una sombra de debilidad, un temor difuso corre a través de mi cuerpo, ahora por las venas, ahora por los huesos. Siento que estoy flotando en un mar revuelto, con la sospecha de que anda un tiburón en las cercanas profundidades, buscando el ángulo perfecto para atacarme, embestirme en ese fatal instante en el que me descuide, en el momento en que comience a tener la sensación de que voy a salvarme.
Me saca de esos pensamientos la voz de uno de los colaboradores del equipo: «Es ahora», me dice con un tono lapidario, que luego intenta suavizar con una espectacular sonrisa. Desaparece por la puerta, mientras el presentador comienza a ordenar a los presentes y prepara mi salida. Tengo sobre la mesita delante de mí, el discurso impreso. Ese discurso impecable, políticamente correcto, ese discurso bien pensado, analizado sesudamente para ser claro y convincente. Ese discurso… que yo no escribí. Me paro ahora decidido, aprieto los puños como conteniéndome, como abrazándome en este momento de soledad. Tomo el discurso y salgo en dirección al escenario, al llegar a la puerta, dejo caer, simulando un descuido, las hojas en el cesto de basura.

Afuera, mi jefe de campaña me arenga a subir al escenario con un exagerado entusiasmo muy sobreactuado. Escucho sus palmas, esas solitarias que se adelantaron al resto, que comienzan a ser acompañadas por otras del público presente. Subo los dos primeros escalones y lo miro a los ojos. Él está mirando mis manos con preocupación, luego sus ojos apuntan a los míos con extrañeza mientras dice, sin emitir sonido, con la intención de que le lea los labios: «¿Y el discurso?». Le mantengo la mirada, firme, intensa, profunda y confiada, y esta vez siento que es auténtica. Le sonrió satisfecho pero sin su complicidad. Continúo caminando hacia el atril que me han preparado. El público estalla en vitoreos, aplausos y muestras de satisfacción. El trayecto es corto y mis pasos son novedosamente livianos, más livianos que nunca. Me siento libre, como si me hubiera sacado un gran peso de los hombros, como si me hubiera liberado de los grilletes que hasta hace unos minutos me mantenían como rehén.
Apoyo delicadamente mis manos sobre los bordes del atril y miro a los presentes mientras dejo pasar poco a poco esa ola de euforia. Localizo, entre las cámaras, los flashes, las luces y los papelitos que vuelan; a un puñado reducido de personas. Están dispersos entre el auditorio, son anónimos para el resto, pero conocidos para mí. Sonrío con satisfacción. Sus ojos, sus miradas llenas de esperanza me trasmiten la confianza que necesito en estos momentos límite.
Comienzo a tener una sensación de revelación, una libertad para decir lo que quiera. Multitudes de palabras, frases y hechos comienzan a llover en mi conciencia. Con una agilidad que me sorprende, las voy ordenando, encadenando y acomodando una tras otra a pesar de su vertiginoso ritmo. La multitud finalmente se va calmando. Respiro profundamente y, cuando el silencio es absoluto, me acomodo la corbata, cierro los ojos y estando a punto de comenzar a hablar, mis piernas se aflojan y yo… me quedo en blanco.

Escrito por Lucas Rojas

En el siguiente video intentaré dar un breve análisis del cuento y una mirada respecto a eso que nos pasa cuando en algunas ocasiones nos quedamos en blanco.

Espero que lo disfruten.

Publicado enCuentos

Sé el primero en comentar

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

© Lucas Rojas Escritor - 2024 - Todos los derechos reservados.