En la vida de un buscador, los días se constituyen o conforman sobre la sumatoria de hallazgos. Hay, en lo cotidiano, una avidez por encontrar un detalle o una señal que nos confirme la sospecha de la existencia de algo novedoso. Es enorme el disfrute de tropezar con esa singularidad que siempre estuvo cerca pero pasó siempre inadvertida a nuestros ojos, a nuestra conciencia.
Asistí en muchas oportunidades a grandes edificios con numerosos recovecos, mesones y estanterías, en dónde pacientes libreros ofrecían sus libros. Y si bien, en cada ocasión, la experiencia se renueva, no llega a ser del todo novedosa.
Sin embargo, luego de escribir mi primer libro, concurrir a una feria del libro tomó un significado diferente. Por un lado, comencé a ver los libros allí exhibidos no sólo como un tesoro a ser descubierto, no sólo como fuentes de un disfrute íntimo de mis pensamientos, sino también como el resultado del amor y el esfuerzo de sus autores. Fue ahí que por primera vez observé las portadas como la puerta de entrada a la vida de otras personas, otros seres humanos que ofrecen en palabras y páginas, parte de sus vivencias, parte de sus aspiraciones y sueños, sus victorias y sus desilusiones, sus fantasías y sus temores.
Definitivamente esto fue algo nuevo para mí. Y así me hallaba entretenido en ese divertido juego de pensar en los escritores detrás de los libros, cuando advertí que pronto llegaría el momento en yo debería pararme detrás de mi libro, y cual titiritero que maneja los hilos detrás de un telón, yo debería hacer lo propio acompañando a mi primer libro.

Es verdad que ya lo había hecho una vez, en la primera presentación de mi libro, pero en dicha ocasión todo estuvo amenizado bajo el manto de cariño y la estima de familiares y amigos, en un evento más bien privado, al que los presentes habían sido invitados personalmente por mí.
El nuevo desafío que se me presentaba era cómo iban a recepcionar mi libro y mis palabras personas completamente desconocidas, llegadas a esa presentación por mera casualidad o circunstancias ajenas a mi control.
Y finalmente pasó. Recibí la invitación a participar de la feria del libro en la localidad santacruceña de Pico Truncado. Me armé de valor, de mis libros y mis afectos para viajar un poco más de 130 kilómetros hacia el sur, a la aventura de presentar mi libro.
Si se preguntan cómo me fue, les respondo con este cuento:
A pocos días de la publicación, la fama tocó a mi puerta. Una persona completamente desconocida me hallaba entre una multitud digital y me invitaba a viajar para presentar mi obra. Faltaban aún varios días para el evento y eso me permitió proyectar lo que sería. Pude preparar mi discurso, armar dos cajas con ejemplares y hasta me visualicé dedicando libros a la cabeza de una larga fila de lectores entusiasmados. Mi imaginación tuvo su momento de vuelo fantasioso, jugando a descubrir cuál era el efecto novedoso de la publicación del primer libro de un completo desconocido, que podría haber provocado la notoriedad suficiente como para resaltar en la marea multitudinaria de personas que tienen algo para decir en internet.
Estoy en la ruta y es muy temprano. Sobre una desértica planicie, asolada y azotada por años de viento, se deja ver en el horizonte una estatua, un monumento gris gigantesco que, con su ondulante figura, danza sensualmente detrás de un manto de calor. Minuto tras minuto, kilómetro tras kilómetro me voy aproximando. Es una colosal masa gris que reina en la altura de una soledad achaparrada. A su sombra yace un pueblito ceniciento, casi camuflado entre matas patagónicas. Ingreso por sus calles con prudencia, como quién cruza un alambrado de campo sin saber si el cuidador está de humor para recibir la inesperada visita de un desconocido. En las veredas y los patios, sus pocos árboles son el testimonio casi biográfico de una historia dura, barrida por los vientos ancestrales del oeste. Sus rugosos troncos bajos, musculosos de tanto aferrarse al suelo, dan un aspecto desproporcionado a sus largas cabelleras raquíticas, figuras estiradas a la fuerza, que representan la voluntad corroída de las copas de los árboles que ahora sólo miran de costado, casi horizontales con ojos de resignada resistencia. Vistos así, en conjunto, pintan una amalgama triste de, por un lado, el orgullo de aferrarse a la tierra y, por el otro, la ilusión de seguir viaje con los aires soplados que van a parar eternamente sobre el mar.
Los árboles me impresionan tanto como el hecho de no ver a nadie por las calles. Parece un pueblo que ha sido abandonado en este preciso instante.
Encuentro entre recovecos el lugar de la exposición. Ahora si, veo a otras personas que me confirman que mis impresiones estaban erradas. Al entrar siento el contraste de ambiente, es como entrar en una madriguera de conejos, en una noche nevada de invierno. Se siente el calor, se siente el cobijo. Veo un perro cerca del improvisado escenario. Al levantar la mirada me siento observado y creo que es el precio de la fama, el peso de ser conocido. Sin embargo, entiendo lo del pueblo chico y la llegada de un forastero. Logro silenciar a mi ego que entusiasmado me dice que me conocen, para entender que es justamente lo contrario. Las miradas curiosas están sustentadas en mi calidad de completo desconocido. Me acerco a uno de los stands y el vendedor que me atiende, comienza con tiros por elevación a averiguar cuándo he llegado a vivir a este pueblo, como descartando la posibilidad de una visita al paso. No me animo a afirmar ni a desmentir su teoría, compro un libro y sigo recorriendo el pequeño salón. Percibo en los rostros miradas desconfiadas que se alternan con semblantes brillantes y hospitalarios. Pasados unos minutos comienzo a sentir que ya no soy novedad, que formo parte del paisaje, de ese microclima íntimo. Tanto es así, que siento la tentación de mirar a la puerta de entrada para ver si llega algún forastero.
En la patagonia hay un código de la distancia y el silencio, algo que imita el paisaje inmenso con la insignificante presencia de un “alguien” en medio de la solitaria estepa. La gente es más de mirar que de hablar, se suele reconocer a alguien de vista y quizás a lo largo de los años nunca se le dirige la palabra, y tampoco se saben muchos más datos que los que aportó en ese primer golpe de vista. Hay una distancia que marca a la vez, un respeto y reconocimiento silencioso del otro.
Oigo una voz que me llama inesperadamente por mi nombre. Es la persona que me invitó y se ahora se deshace en agradecimientos por mi visita. Procura entonces, en pocos segundos ofrecerme todas las comodidades de las que dispone para que esté a gusto. Mi “yo” escritor sube un peldaño más hacia la coronación de mi ego. Voy rechazando todos los ofrecimientos con la mayor de las delicadezas. Como última oferta, me indica un mesón vacío en medio del salón para que pueda instalarme ahí y ofrecer mis libros antes de lo que será la presentación oficial. Disimulo como puedo el entusiasmo de correr a buscar mis libros que aguardan su momento en el baúl del auto.
Salgo del salón y en el trayecto hacia el vehículo me invade el pudor de tener que volver a entrar a aquel lugar, de volver a tener que enfrentar el proceso de familiarización que ya he superado. Poco a poco me instalo desparramando los libros sobre la mesa. Me paro detrás de ellos y entonces mi mirada cambia. Comienzo a buscar los ojos de los demás con una desesperada ilusión de conversar, de responder a las inquietudes que la imagen de la portada del libro pueda generar. Los pocos transeúntes allí presentes se comportan de dos maneras. Unos circulan distraídos con la mirada perdida que se posa de casualidad por instantes en mí o en los libros, y sigue de inmediato su pulular indefinido. Hay otros que observan con seriedad analítica desde lejos y luego se aproximan con una distancia prudencial que no permite ni habilita la conversación, una distancia lo suficientemente amplia como para que no se pueda tender un puente. Mi “yo” escritor lucha para lograr un acercamiento y nada sucede. Pero hay un hombre mayor que ronda la mesa y en cada vuelta al salón se acerca más y más, acortando las distancias al estilo taciturno de los patagónicos. Mi ilusión crece y siento genuinamente que esa será mi primer venta de la jornada. Al mismo tiempo sigo esperando el momento de la presentación donde, con suerte, podré contestar las preguntas que esos ojos esquivos no se animaron a hacerme.
Entonces vuelvo a escuchar mi nombre. Es el anfitrión quién, con tono de disculpa y a la vez urgencia me dice que tengo que retirarme de inmediato del lugar. Mi rostro de incredulidad seguramente lo hace sentirse desautorizado y por ello hace una breve pausa en su carrera para explicarme las razones. “¡Hay riesgo de derrumbe!” me dice con desesperación, “¡El viento está a punto de hacer ceder aquella pared!” que señala con su dedo hacia el fondo del salón, lugar que mira de reojo.
Alzo mi vista y la imagen es dantesca: La gente aceleradamente junta las cosas y corre de un lugar a otro. Atónico y con una leve taquicardia junto todas mis cosas en un instante y segundos más tarde ya estoy afuera. Aún sorprendido por la situación, observo cómo los asistentes del evento se derraman puertas afuera con caras de escéptica sorpresa. Salen apiñados por la estrecha boca de ese frágil circo de cemento.
Ya de nuevo en la ruta, sin haber podido presentar mi libro, rompo el silencio meditativo con la frase: “Casi, casi vendo un libro. Cinco minutos más y lo vendía…” y entonces río. Me río del viaje en vano, me río de la situación bizarra, me río de mi ego de escritor.
Escrito por Lucas Rojas.
Más allá de este cómico desenlace, y como la vida siempre da segundas oportunidades, finalmente pude concretar la primera presentación. Esta vez en el marco de la Feria del Libro de Comodoro Rivadavia.

Les dejo además el video de la presentación completa. Espero que lo disfruten!
Muchas gracias por leerme.

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