Hay palabras que albergan muchos mundos en sí mismas. Para mi la palabra «taller» me inunda de recuerdos de olor a grasa y aceite, a polvo y humedad, a aserrín y resinas, a óleos y acuarelas, a greda y arcillas, a hilo, retazos y agujas. Aparecen imágenes de un caótico desorden sólo compresible por el dueño del espacio. Hay una estética en ver apilados y desparramados, un díscolo popurrí de objetos inconexos e insólitos. La curiosidad atrapa los ojos y se buscan indicios de un arte que aún no florece, tesoros que están a punto de ser descubiertos, historias que están por nacer sobre la base de otras, más antiguas, que albergan y facilitan a estas nuevas; a salir a mejorar este mundo. También aparecen personas, artesanos, gente con oficio, que viven y transitan su vida habitando estos lugares. A mi mente vienen sus manos, ajadas y rotas, experimentadas y generosas. Veo sus ojos alegres, gozando de lo que se hace, de lo que es y lo que puede llegar a ser. Escucho su silbido suave y paciente, que arrulla esa nueva creación, que musicaliza la experiencia. Oigo sus sabias palabras, que nacen con honestidad y claridad, con la preocupación que tienen esos que desean genuinamente enseñar. Estoy en un taller, y allí me quiero quedar. ..

Desde hace ya un tiempo vengo escribiendo, y desde hace más vengo leyendo. Libros y libros, cuentos, historias, novelas y relatos. Siempre de manera muy intuitiva e informal. Disfruté mucho de escribir mi primer libro, un reflejo visceral de mis sensaciones de vivir, de crecer y de envejecer.
Sin embargo, ahora que planeo continuar escribiendo, lo estoy pensando y encarando como algo más profesional. Con esa impronta siento que preparame y estudiar es lo más adecuado.
Pero, ¿por donde empezar? Esta pregunta me la hice varias veces, hasta que apareció en mi camino la invitación a participar de un «Taller de escritura» en una librería de mi ciudad. No dudé en inscribirme y, aún con algo de temor, decidí que era momento de actuar.
El taller de escritura tiene muchos componentes maravillosos, pero me gustaría destacar tres de ellos: el lugar cuidado (tanto físico, espacial como temporal), los participantes (otras personas que aportan frescura y puntos de vista diferentes al mirar el mismo paisaje) y el docente (generoso facilitador, gestor de las iniciativas que nos impulsan a todos hacia adelante).
A continuation quiero compartirle tres actividades o consignas del taller que me parecieron super enriquecedoras:
Consigna Uno – «Dime quién soy»: Esta actividad consiste en hacer una descripción de uno mismo para que el resto de los participantes pueda saber algo de vos.
Yo soy un mochilero.
Ustedes ya saben de quienes hablo, esos desalineados viajeros errantes que surcan los paisajes a la vera de las rutas. Esos superhéroes aventureros que confían en su dedo como único boleto de ida. Esos afortunados que dejan al destino tejer las redes de su sustento, personajes que saben sobre algo que la mayoría ignoramos: el destino es generoso y el porvenir siempre entretenido. Personajes que no necesitan elucubrar una anécdota, ni construir un relato, sino que simplemente por el hecho de relatar una jornada de su vida, ya pintan sin querer queriendo una historia entretenida.
Los veo a veces, los observo y siento que el mundo es de ellos, los caminos son de ellos, las noches estrelladas a la intemperie son de ellos, los más bellos amaneceres son de ellos, la libertad es de ellos…
Son quizás, a mi entender, la demostración cabal del libre albedrío.
Bueno, en fin, yo no soy nada de eso… aún, espero.
Soy como un mochilero novato, principiante, que nunca hasta hoy tuvo la oportunidad de ni siquiera fantasear con el viaje errante, y que de un día para el otro, esta parado a la vera de una ruta con su mochila a estrenar, llena de cosas que no sabe si va a necesitar, con el corazón acelerado por la aventura que vendrá y con la contradicción de una conciencia apoltronada que le pregunta: ¿No te parece que ya es tarde para empezar a viajar?
Pero la verdad es que estoy vivo y con la posibilidad de emprender el camino. No sé aún el destino, pero mi instinto me dice que allá afuera hay paisajes maravillosos, misteriosos recovecos no descubiertos del camino e interesantes compañeros de viaje a conocer.
Hoy estoy aquí, a punto de emprender un viaje, con mucho entusiasmo y confiado en aprender de grande cosas nuevas. Yo creo que es un viaje que debo hacer solo, pero eso no implica que no tendré compañía.
Hasta ayer fui un prisionero temporal de mi falta de técnica y sobre todo, preso de la seguridad que me brinda lo conocido, el confort. Hasta ayer, sabia donde iba a dormir, qué iba a comer y cómo iba a ganar mi sustento.
A partir de hoy me convierto en uno de ellos. Ya no me importa a dónde voy, ni de donde vengo. Voy dedicarme a disfrutar este día, esta noche, este clima y lo que veo. Voy a experimentar esta aventura y me dejaré llevar por lo desconocido … Creo que algo interesante para contar voy a poder rescatar en el recorrido.
Consigna Dos – «Darle voz a un silencio»: Esta actividad consiste en tomar una fotografía totalmente desconocida e inventar un relato que la describa. La fotografía no debe ser vista por nadie hasta que se haya leído la historia para ver que tan fiel es ésta a la imagen.
Nadie me explicó a dónde íbamos cuando comenzamos a caminar. Las calles se fueron vaciando de ruido, de autos, de gente y de asfalto. Yo era nuevo en el pueblo y Martín, el más joven de los tres, me había cobijado bajo la sombra de una incipiente amistad que parecía de toda la vida. Humberto era su primo. Era mayor que nosotros, sin embargo en su semblante serio veía inocencia y una nobleza silenciosa. Llegamos a un cruce desértico de caminos. Martín estaba exultante, como sabiendo de algo que yo ignoraba. Humberto auscultaba en el horizonte, pensativo...
Un auto lejano anunció, con su chaperío golpeado por el ripio, que algo estaba por pasar. Al llegar a nosotros se detuvo para dejarse alcanzar por una marea de polvo que nos quitó la visión y el aliento. Un anciano al volante, con un cigarrillo apagado en la boca, nos hizo el gesto de cabecear en silencio. Eso debió ser una contraseña que no entendía. Lo saludé y los dos que estaban conmigo me miraron y no dijeron nada. Sospechaba que había cometido un error, no solo por el saludo aparentemente inoportuno, sino por haber aceptado seguir a éstos, mis recientes amigos.
El hombre revoleó los ojos hacia atrás, y yo sentí los dedos de la mano de Martín que se clavaban en mi espalda, indicando que caminara hacia atrás de la Ford destartalada, en cuya caja descansaba un galgo que era testigo de los años. Fue un viaje de tres horas que se adentraba en los cañadones áridos de este lugar de la patagonia. Martín me hablaba de cosas que no recuerdo, porque en esos momentos sólo pensaba en salir vivo de allí, de ese vehículo infernal. Cuando por fin las ruedas dejaron de girar, vi una imponente alameda; y de su interior un hombre saliendo al grito de: "Martincito! Llegaste!". Después supe que era su abuelo y que estábamos participando de la "señalada". Martín me dijo:"¿Que pasó? ¿Te asustaste?" y luego comenzó a reírse. Humberto hizo una mueca. Yo me enfurecí y me fui hacia un galpón de chapa y me senté pensativo. Minutos más tarde se acercaron los dos y se sentaron a mi lado con un gesto de disculpa.
Nunca olvidaré el sol que en esos momentos me molestaba la vista y el calor rebotando en la chapa que calentaba mi espalda.

Consigna Tres – «Carta al azar»: Jugar un juego de cartas, en donde se reparten tres a cada participante. Estas tres cartas son: Tipo de carta, destinatario y fragmento epistolar a incluir obligatoriamente. Con estas tres cartas hay que escribir una esquela. Luego de finalizada y firmada, se reparte una cuarta carta de posdata.
No sé dónde estará señor, aunque imagino un lugar merecido. No revise los papeles, nada se ha perdido, no falta la primera hoja, lo que falta es el saludo. Esto ha sido adrede, no por mala educación, sino porque no sé como poner en palabras un inicio amistoso para esto que necesito decirle. Seguramente no sabe quién soy, pero no se preocupe. No es que lo haya olvidado, usted nunca me conoció. Tengo dos noticias para darle. La buena es que usted no perdió la memoria y por eso no me recuerda. La mala, la mala es que usted hizo algo imperdonable. Si, ya sé que usted lo sabe, o lo imagina, o está buscando desesperadamente en su oscura conciencia, para saber desde dónde va a venir el golpe. Y busca bien porque ese es mi verdadero deseo en este instante. No lo sé con seguridad pero lo imagino a usted solo, recluido en un sórdido lugar en donde sólo se vive e interactúa con recuerdos, y no precisamente de los buenos. Pero si siente que esta soledad es grande, alégrese. Pues ¿Qué sería una soledad que no tuviera grandeza? Sólo hay una soledad. Es grande y difícil de soportar. Esto que le digo es por conocimiento de causa. Estar solo , quedar solo y siendo una niña de nueve años de edad es muy difícil de superar. ¿Le resuena lo que le digo? Sé que es así, aunque ahora me ponga cara de sorprendido. Pero no se preocupe que a mí no me va a convencer con ninguno de sus cuentos. Pero no crea que, teniendo esta oportunidad que hoy tengo, voy a dejar pasar la ocasión para decirle que agradezco no haberlo conocido, ni apreciado, ni mucho menos extrañado. Soy la continuidad de su paso por este mundo, pero me enorgullece sepultar ese recuerdo que nunca existió, para que no haya la más mínima posibilidad de que alguien más lo pueda recordar. Con la felicidad de no haberte conocido.
Lucas
PD: Quizás estés revolcándote sobre tu osamenta y en la oscuridad que no termina nunca, te preguntes: "¿Qué puedo hacer por ti?", te digo: "No te olvides de regar mis plantas, aunque sea desde allá abajo".
De más está decir que me divertí mucho en el taller, me nutrí de los demás participantes y descubrí que hay mucho espacio para seguir creciendo, aprendiendo y jugando con este nuevo juguete llamado «literatura».
Les comparto a continuación la entrevista que pude hacerle a Elvira Córdoba, mi profesora de taller de escritura.









Hola Lucas,me gustó mucho lo que escribiste,y mucho más el reportaje a mi querida Profe Elvira, tanto que nos enseñó,supo desde el principio como guiarnos, especialmente a mi,o así lo percibí, concurrí al taller en la universidad durante 8 años, que fueron maravillosos, ella fué paciente, comprensiva y genial,y cuando ella se decida y arme talleres si Dios quiere allí estaré presente, gracias ❤️
Que bueno que te haya gustado Malena! Coincido con vos en la valoración de la profesora. Muchas gracias por escribir!
Gracias Lucas por tu interés, por tu valiosa participación y por tu trabajo!!!. Elvira
Gracias a vos Elvira, fue una hermosa experiencia!