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Mensaje en una botella

Hace unos días leí un libro que era prácticamente la transcripción de un conjunto de cartas que una persona había recibido a lo largo de muchos años. El destinatario de estas cartas las guardó por mucho tiempo y luego, cuando el remitente falleció, decidió publicarlas en un libro. Más allá de las motivaciones que haya tenido esa persona para hacer el libro, digamos sean económicas o altruistas, la realidad es que terminaron siendo muy útiles para muchas generaciones. Es decir que gracias a la publicación de una conversación privada, muchas personas se vieron, se ven y se verán beneficiadas a lo largo del tiempo.

El libro del que les hablo es «Cartas a un joven poeta» de Rainer Maria Rilke.

A mi me encanta escribir cartas, a veces las escribo para mi y en otras ocasiones las escribo para mis seres queridos. Anteriormente publique un articulo es este blog respecto a esto, puedes hacer clic acá para verlo.

Lo que me sucede y me parece curioso, es intentar adivinar cuál podría ser el alcance una simple misiva enviada a una persona en particular. Puede ser que ese mensaje se pierda o se destruya en el camino, con lo cual nadie lo llegue a leer, puede que sólo sea leído por el destinatario original y éste luego destruya o esconda la carta, puede que ese papel caiga en manos de alguien más, y ese nuevo destinatario accidental, intencional o circunstancial vuelve a tener las mismas posibilidades que el destinatario original. Si navegamos unos minutos por esta red de posibilidades, fácilmente podemos entender que las posibilidades son infinitas y el destino de nuestras palabras además de totalmente incierto es inimaginable.

Me gusta la idea de pensar en una carta, como en un mensaje dentro de una botella. El hecho de estar varado, en una diminuta isla desconocida en el medio de la inmensidad de un océano, puede ser una situación tan acuciante como para poner a prueba nuestra esperanza, nuestra capacidad de confiar en el destino y creer que esa botella que acabamos de tapar, va a flotar y ser llevada por innumerables corrientes marinas, para ser depositada a la orilla de una playa, en donde finalmente alguien pueda verla, tomarla, destaparla, sacar el papel que hay dentro, comprender el mensaje escrito; y luego con la mejor de las voluntades, comenzar a mover sus medios e influencias para emprender un rescate milagroso que llegue a salvarnos.

Ahora bien, ¿y si no fuera una botella en el océano? ¿si fuera una carta a un hermano o a un amigo? ¿y si la isla fuera nuestra realidad y el océano nuestros problemas?

Todo esto me recuerda a una situación que viví y que inspiró mi cuento llamado «Tesoros Inesperados» que les dejo a continuación:

Hace unos días estaba en una plaza mirando un escaparate de libros usados de una feria callejera. Mientras mis ojos naufragaban en un sin número de títulos de los desordenados libros, me sentía mareado por el esfuerzo que implicaba leer en diferentes direcciones e inclinaciones, los lomos que caprichosamente se habían configurado, como si fueran hilos entretejidos, con el pasar de las manos de los innumerables visitantes curiosos, que los levantaron y los dejaron caer, una y otra vez, buscando algo allí, entre ese montón de ejemplares ajados por el paso de los años y los dueños.
Me quedé pensando en ¿qué sería lo que cada uno de ellos buscaba? Quizás un libro de la infancia, quizás la recomendación de un clásico, quizás una valiosa edición limitada, quizás uno propio que antes se había perdido, prestado y extraviado, regalado y arrepentido.
Entonces recordé algo que me paso hacia muchos años atrás, en mi juventud.
Me hallaba de vacaciones en la cordillera patagónica, muy cerca de un pueblo llamado Los Cipreses, a la vera de camino que une las localidades de Trevelín en Argentina y Futaleufú en Chile. Nunca supe cual fue el motivo o el arreglo por el cual, gracias a uno de mis amigos, fuimos a pasar cuatro días al casco de una estancia, en el cual estuvimos solos, sin presencia de los dueños, con lo que a mi me pareció un mansión, a nuestra entera disposición. El lugar era soñado. Se trataba de un establecimiento ganadero muy prospero, a pesar de que no vimos a ningún animal que no sea silvestre, las paredes de la casa principal estaban adornadas con objetos y fotografías que hacía alarde de la explotación ovina y bobina. Habían objetos en cuero, madera y metal, cuya sofisticación era un recordatorio de la gloria y la opulencia de otras épocas.
Lo único que nos daba la certeza de que no estábamos en un sueño o en una mansión embrujada era la visita cotidiana de un cuidador de la estancia cuya casita estaba a medio quilómetro de distancia. Por las mañanas llegaba para traernos pan casero, verduras cosechadas del vivero y algo de carne.
Las primeras dos noches las extinguimos alrededor de un fogón empotrado en la pared del salón principal, donde el vino y las conversaciones competían con las brasas, para ver cuál se extinguía primero. Poco a poco cada uno iba retirándose hacia su habitación, cuando el sueño los doblegaba. 
La tercera noche, no sé si por el hecho de que habíamos decidido no tomar alcohol, o porque habíamos ya agotado nuestro repertorio de anécdotas en común, cada uno se fue yendo a dormir más o menos temprano. Cuando me di cuenta estaba sólo frente a las débiles llamas de una cálida hoguera que perfumaba el ambiente. No tenía sueño, con lo que decidí explorar un poco el lugar. Comencé recorriendo el lugar mirando las fotografías. Eran muchas, algunas muy antiguas y otras más modernas. Había en ellas algunos rostros que se repetían entonces inicié un juego de intentar armar una familia, intentando identificar a los abuelos, los padres, los hijos y los nietos. Me los imaginé juntos, interactuando, pasando días en esta casa, viendo crecer a los hijos, transitando penas y alegrías, llegadas y despedidas. Un cuadro me llevaba a un portarretratos, y ese a una pintura, luego algunos mapas cartográficos de la estancia y de las zona, y luego a otra fotografía. Casi sin darme cuenta terminé en un pequeño cuarto cuyo techo oblicuo sostenía la escalera que llevaba a la planta alta. Ese cuarto parecía una cueva, un lugar en donde había lo necesario para refugiarse de todo, del frío, de la gente, del tiempo. Tenía una ventana que daba al jardín lateral, un sillón con una poltrona para los pies, una pequeña mesa de madera pesada fabricada de manera artesanal, una lámpara y una pequeña estantería abarrotada de libros. Me senté en el sillón y sentí que éste me abrazaba, me daba un cobijo maternal y deseé pasar más tiempo allí. Me quedé dormido y soñé con una vida que no era la mía. Yo era un trabajador rural en un campo y allí había una mujer joven, e inalcanzable para alguien como yo. Sin embargo ella me miraba y sonreía, y yo era feliz trabajando en su compañía. No pasaba nada entre nosotros, sin embargo yo sentía su cariño, sentía cómo nuestras almas estaban sintonizadas.
Desperté y mi mundo me pareció incompleto, quería seguir durmiendo, para continuar esa historia pero no pude hacerlo. Me desvelé por un amor que no se pudo dar. Casi enfadado me levanté a mirar los libros del estante. Recorría sus lomos hasta que hallé uno de mis libros preferidos: La importancia de vivir, de Lin Yutang. Lo abrí y hojee, buscando releer nuevamente alguno de mis pasajes preferidos. Mientras pasaba las páginas, cayó de una de ellas una hoja doblada en dos. Su papel era de color amarillento y estaba escrita a máquina. La tomé con cuidado y camine con ella y con el libro en la mano, hasta recostarme sobre el sillón. Encendí la lámpara y leí.

“Querida sobrina, de todas las personas de este lugar, tu eres mi persona favorita. Soy consciente de que cuando leas esto puedas dudar de mis palabras, ya que siempre me reservo de no hacer notar mi predilección por tu espíritu, pues eso haría que el resto de la familia tomara aún más encono contra tu persona.
Quiero que sepas que no has hecho nada grave, que tu no elegiste la familia en la que naciste y menos aún la moralidad acartonada de sus integrantes. Es difícil no sentirse culpable, cuando todos te señalan y recriminan una altura de decoro que ellos mismos no serían capaces de lograr.
Yo pasé hace muchos años por una situación de similares características y entonces me sentí muy solo, muy solo en esta familia.
Es verdad que eres muy distinta a ellos, pero eso no debería provocar en ti la menor de las preocupaciones, pues como lo veo yo, es más una bendición que una desventaja.
No hay error que enmendar, ni explicaciones que dar.
Tus actos no han sido una equivocación, sino más bien una muestra de valentía. Y ese tipo de coraje no hace más que mostrar, en el mayor de los contrastes, la lujosa cobardía en la que viven los demás.
Para que una persona pueda perseguir sus sueños, lo primero que necesita es tener los propios y no vivir de los tristes ajenos.
No hay nada que te ate a este lugar mas que el afecto por los tuyos. Pero ¿qué es del afecto cuando sólo va en una dirección?
Yo partiré pronto, me iré de este lugar. No puedo decir hacia dónde iré, ya que mi destino no es más importante que aquello que me pase en el camino.
Solo puedo decirte, a modo de despedida, que no necesitas nada más que tu propia compañía para caminar por la vida.
Con afecto.
Tío Artur. Febrero 1907.”
Volví a doblar la carta y la guarde en el libro, antes de dejarlo en el estante. Mi corazón latía con fuerza y una emoción me recorría el cuerpo. ¿Quién era ese hombre? ¿Quién era la chica? ¿Cuál había sido el error? ¿Qué había sido de ellos? 
En mi mente había una sola idea: Encontrarlos a ambos en las fotografías de la casa. Imaginé que por la fecha de la carta la fotografía debía ser en blanco y negro. Eso acotó la búsqueda. Sin embargo no halle nada.
A la mañana siguiente, el canto de un gallo me hizo abrir los ojos para percibir la claridad que entraba por la ventana. El olor a pan tostado me guió hacia la cocina y cuando estaba a punto de llegar a ella, vi a mi derecha en la pared una pequeña fotografía en la que se veía a un señor mayor de frondosos bigotes junto a una joven cuya mirada se me hacia muy familiar y en el fondo, se veía a un peón que ensillaba unos caballos con la mirada puesta en ella. Me estremecí al reconocer a la chica. Era la chica de mi sueño. Entendí entonces la carta, entendí entonces mi sueño. El peón había sido yo.

La carta que escribió ese tío a esa sobrina, iba dirigida a ella, en unas circunstancias que sólo ellos sabían. Sin embargo, la carta permanecía dentro de ese libro cumpliendo una función para cada persona que la encontrara al hojearlo, para cada persona que pudiera leerla y con suerte aprovechar su contenido.

Les dejo un video en donde hablo un poco del poder de las cartas.

Y si algo de esto te pareció interesante me encantaría que me lo comentes abajo.

Gracias por leerme y compartir este artículo.

Publicado enCuentos

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